Hace tiempos que no camino por Quito. Porque caminar es un oficio mecánico, pasado por alto, que no trasciende el mismo espacio sino que simplemente lo traspasa. Ser andante parece fácil, pero es menester estar en continua búsqueda de los más inverosímiles dislates, de las aventuras más valerosas y, en fin, de aquello que solamente encuentra quien camina, para cumplir verdaderamente con el encargo.
En Quito, este engañoso lugar por cuyos poros se cuelan los pueblos y las urbes, es prolífica la producción de aguerridas aventuras para el paseante. Basta subir a un bus, acudir a un mercado, velar la madrugada.
Sin embargo, he de admitir que es este, además de engañoso, un sitio dividido. No estoy seguro de si El Panecillo hace todavía las veces de dique entre las dos mitades del oblongo Quito; no puedo siquiera esbozar un punto geográfico en el que suceda este trastoque. Para mí (porque las cosas suceden solo para uno mismo) es claro que El Trébol, La Marín y la Oriental son los vértices de esos dos mundos. Es ahí, en un momento inexacto, cuando Quito cambia y se torna otro. Se venden películas con la ayuda de parlantes, dulces por medio de la burla, historias de artistas o artesanos dentro de una carpeta de escritorio. Y todos compramos. Hay quien dice que es todavía un pueblo («todavía», ha de notarse, como si el destino fatal de los hombres fuera la ciudad). Al retornar o al partir, las ventas son otras: helados, frituras, dulces. Se venden artilugios pequeños, sin mucha cháchara, escondiendo. Y algunos compran.
Hace poco, mientras caminaba hablando del Quijote y su amistad con Borges, un amigo entrañable recordó que los personajes de la literatura norteamericana que se nos aparecen como cercanos, son aquellos cuyos demiurgos tienden a lo sureño, no a lo lóbrego. El sur, dijo, tiene más alma.
En Quito, este engañoso lugar por cuyos poros se cuelan los pueblos y las urbes, es prolífica la producción de aguerridas aventuras para el paseante. Basta subir a un bus, acudir a un mercado, velar la madrugada.
Sin embargo, he de admitir que es este, además de engañoso, un sitio dividido. No estoy seguro de si El Panecillo hace todavía las veces de dique entre las dos mitades del oblongo Quito; no puedo siquiera esbozar un punto geográfico en el que suceda este trastoque. Para mí (porque las cosas suceden solo para uno mismo) es claro que El Trébol, La Marín y la Oriental son los vértices de esos dos mundos. Es ahí, en un momento inexacto, cuando Quito cambia y se torna otro. Se venden películas con la ayuda de parlantes, dulces por medio de la burla, historias de artistas o artesanos dentro de una carpeta de escritorio. Y todos compramos. Hay quien dice que es todavía un pueblo («todavía», ha de notarse, como si el destino fatal de los hombres fuera la ciudad). Al retornar o al partir, las ventas son otras: helados, frituras, dulces. Se venden artilugios pequeños, sin mucha cháchara, escondiendo. Y algunos compran.
Hace poco, mientras caminaba hablando del Quijote y su amistad con Borges, un amigo entrañable recordó que los personajes de la literatura norteamericana que se nos aparecen como cercanos, son aquellos cuyos demiurgos tienden a lo sureño, no a lo lóbrego. El sur, dijo, tiene más alma.
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| Rooms by the sea, E. Hopper |

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