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Andante al Sur

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Hace tiempos que no camino por Quito. Porque caminar es un oficio mecánico, pasado por alto, que no trasciende el mismo espacio sino que simplemente lo traspasa. Ser andante parece fácil, pero es menester estar en continua búsqueda de los más inverosímiles dislates, de las aventuras más valerosas y, en fin, de aquello que solamente encuentra quien camina, para cumplir verdaderamente con el encargo.

En Quito, este engañoso lugar por cuyos poros se cuelan los pueblos y las urbes, es prolífica la producción de aguerridas aventuras para el paseante. Basta subir a un bus, acudir a un mercado, velar la madrugada.

Sin embargo, he de admitir que es este, además de engañoso, un sitio dividido. No estoy seguro de si El Panecillo hace todavía las veces de dique entre las dos mitades del oblongo Quito; no puedo siquiera esbozar un punto geográfico en el que suceda este trastoque. Para mí (porque las cosas suceden solo para uno mismo) es claro que El Trébol, La Marín y la Oriental son los vértices de esos dos mundos. Es ahí, en un momento inexacto, cuando Quito cambia y se torna otro. Se venden películas con la ayuda de parlantes, dulces por medio de la burla, historias de artistas o artesanos dentro de una carpeta de escritorio. Y todos compramos. Hay quien dice que es todavía un pueblo («todavía», ha de notarse, como si el destino fatal de los hombres fuera la ciudad). Al retornar o al partir, las ventas son otras: helados, frituras, dulces. Se venden artilugios pequeños, sin mucha cháchara, escondiendo. Y algunos compran.

Hace poco, mientras caminaba hablando del Quijote y su amistad con Borges, un amigo entrañable recordó que los personajes de la literatura norteamericana que se nos aparecen como cercanos, son aquellos cuyos demiurgos tienden a lo sureño, no a lo lóbrego. El sur, dijo, tiene más alma.
Rooms by the sea, E. Hopper

Buscando un lugar maldito

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Copio a continuación cuatro estrofas de lo referente a Quito del poema "Breve Diseño de las Ciudades de Quito y Guayaquil" del P. Juan Bautista Aguirre, nacido en Daule el 11 de abril de 1725 y dejo a la discreción de los lectores las opiniones que estos versos les merezcan.

Buscando un lugar maldito
a que echarme su rigor
y no encontrando otro peor,
me vino a botar a Quito;
a Quito otra vez repito
que entre toscos, nada menos,
varios diversos terrenos,
siguiendo, hermano, su norma,
es un lugar de esta forma,
disparate más o menos:

Es su situación tan mala,
que por una y otra cuesta
la una mitad se recuesta,
la otra mitad se resbala;
ella sube y se cala
por cerros, por quebradones,
por guaicos y por rincones
y en andar así escondida
bien nos muestra que es guarida
de un enjambre de ladrones.

Son estos piojos taimados
animales infelices,
grandes como mis narices,
gordos como mis pecados;
cuando veo que estirados
van muy grandes en cuadrilla,
me asusto que es maravilla
desde que un piojillo arisco,
sólo con darme un pellizco
me sumió la rabadilla.

Estas quiteñas, como oso,
están llenas de cabello
y, aunque tienen tanto vello,
más nada tienen hermoso;
así vivo con reposo
sin alguna tentación,
siquiera por distracción
me venga, pues si las hablo,
juzgando que son el diablo
hago actos de contricción.

La sugestión en el arte (o breve esbozo de la Iglesia de la Compañía)

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La siguiente es una declaración que el dramaturgo japonés Chikamatsu hizo alrededor de 1720 acerca de las funciones de la sugestión en el arte japonés, que, me parece, es aplicable a cualquier actividad artística.



"Hay quienes, por creer que el pathos es escencial para una pieza de títeres, usan frecuentemente en sus textos expresiones tales como 'era conmovedor' y otros que, al cantar los versos, lo hacen con la voz preñada de lágrimas. Eso es ajeno a mi estilo. El pathos lo considero enteramente una cuestión de refrenamiento. Cuando todas las partes de este arte son controladas por ese refrenamiento, el efecto es connmovedor, y así, cuanto más fuertes y firmes son la melodía y la voz, más triste será la impresión producida. Por esa razón cuando de algo que es triste se dice que es triste, se pierden las concomitancias y, en fin, aun la impresión de tristeza es débil. Lo esencial no es decir de algo que 'es triste', sino que sea triste por sí mismo".
(Traducción de Donald Keene, The Battles of Coxinga, p. 95).
Dentro de estos conceptos, la arquitectura quiteña colonial está seguramente ubicada en el vértice entre lo sugerente y la sugestión forzosa. Es, al final de cuentas, arte barroco. No solo que "es triste" por sí mismo, sino que dice que es triste y la gente habla de él con "la voz preñada de lágrimas".
Pero esta condición de perla grande y deforme, que se repite y se subraya a sí misma, no afea el objeto artístico sino que le da su personalidad tan propia, tan quiteña.



En la iglesia de la Compañía, por ejemplo, la fachada habla de la historia de la Compañía de Jesús y de los procesos Contrarreformistas. Con imágenes de santos jesuitas y por medio del discurso arquitectónico, correspondientemente. Dentro, las columnas de la nave principal sostienen los dieciséis cuadros de los profetas de Goríbar s y en las enjutas de madera se cuentan las historias de Sansón y de Juan el vendido: el Antiguo Testamento. Desde el crucero, con los cuatro evangelistas en las pechinas, el altar y el tabernáculo, la Trinidad y la luz, está representado el Nuevo Testamento.
No solo que "es catolicismo", sino que habla de sí mismo como una obra artística católica e induce a quienes la visitamos a que hablemos de estas formas.
 
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